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Archive for 26 junio 2011

En un primer momento, intenté comparar a José María Arguedas con Borges. Me pareció que en los dos se expresaban constantes, que los dos tenían diferentes expresiones de un mismo sistema, pero no pude plasmar esas ideas en símbolos. Un amigo me hizo notar que podía ser el silencio del escritor al enfrentarse a lo andino, yo realmente creí que era el silencio frente a la hoja en blanco. Sin embargo, creo que mejor haré un testimonio de la grandeza de Arguedas en mí.

Yo estudié en colegio nacional toda mi secundaria, ahí la literatura no es un tema importante y sinceramente no recuerdo que me hayan mandado a leer algún libro en esos cinco años. Sin embargo, mi mamá siempre trató de impulsar la lectura a mis hermanos y a mí. De esas tardes y noches que pasé leyendo tengo recuerdos imborrables como el descubrimiento de Sherlock Holmes, Vallejo, Borges, etc. A José María Arguedas lo conocí después y no me gustó, no entendía su proyecto literario que me parecía tan evidente, los estudios culturales ya habían mermado mi capacidad para enfrentarme solo al texto; años después ya en la facultad de literatura en la PUCP tuve que leerlo de nuevo y creo que recién fue ahí que me interesé por ese autor. Yo realmente dudo de ese pensamiento que supone que a algunos libros hay que leerlos cuando se ha leído casi todo, para mí esas expresiones son simplemente engaña muchachos para aterrar jóvenes frente a Joyce o Borges, éste último en una declaración dijo que uno no debía preocuparse porque un libro le parecía difícil, lo que pasa es que tanto como el lector no está listo para el texto, el texto mismo no está listo para el lector. Esa es la magia del lenguaje, la potencialidad del lenguaje que trata de rescatar Walter Benjamin, Giorgio Agamben y también José María Arguedas.

José María Arguedas declaró muchas veces esa imposibilidad de comenzar, pero de comenzar no por la falta de ideas o de estructuras sino por el desfase que se producía en el lenguaje, pues para él el español no podía expresar la realidad del indio y el quechua no lograba expresar su mundo. Qué maravillosa reflexión no¿? La potencialidad del lenguaje busca le mot juste para su espíritu, Arguedas fue un escritor que buscó esa palabra justa donde se reconcilien los hombres, pues el que escribió “Los ríos profundos” no es el mismo de “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, Arguedas fue un escritor que buscó el modo de expresar no la comunicabilidad del lenguaje sino aquello que ha perdido la nación peruana, aquello que seguimos buscando en las obras de Vargas Llosa, en la elección de un presidente. Arguedas escribe sobre el agua que se renueva y no es la misma, escribe sobre los dioses de la naturaleza, escribe sobre el joven que está perdido. También escribe sobre el laberinto de las ciudades y la separación de la sociedad en el que el lenguaje es la única salida. Arguedas para mí se convirtió en un escritor universal en el momento que pudo encontrar el espíritu del lenguaje y no se conformó con una visión de éste sino que siguió explorando las potencialidades de su espíritu. Con estas potencialidades Arguedas también pudo representar a todos los hombres, pero sobre todo representar al hombre que todavía lleva esperanza, aquel hombre que vive en la aporía de la oscuridad y la luz, aquel hombre que reconoce el laberinto del universo, que reconoce esa nostalgia de un absoluto y lo intenta reconciliar con el lenguaje. No creo que haya mejor prueba de esto que “La agonía del Rasu Ñiti”: Wamani es Wamani. Arguedas es el inmortal que se repite en una tautología, tautología que no es otra que una resemantización de  la consideración de Borges en la que un hombre es todos los hombres en algún momento de su eternidad, Arguedas fue todas las sangres también.

Al final, como también dijo Borges, las palabras sobran. Arguedas es considerado un grande por la crítica postmodernista, tal vez debamos dirigir también una mirada a su calidad como creador y poeta, suponer que es simplemente un descriptor de acontecimientos o que sus obras son basadas en la realidad es minimizar la calidad de Arguedas, el laberinto de su obra lo demuestra, sólo que no lo vemos: No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oír todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir. (Arguedas – La agonía del Rasu Ñiti)

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Ítalo Calvino

Al finalizar la primera guerra mundial, los hombres volvían del campo de batalla devastados y silenciados. En ellos la experiencia bélica había destruido la fuerza metafísica que los unía con el mundo; ese mundo al que volvían era ya un mundo totalmente diferente, mundo de muerte física, pero más trágico aún era la muerte de la experiencia de la tradición: el silencio de los hombres se debía a una deshumanización de la realidad, el alejamiento del ser espiritual.

Walter Benjamin fue quien mencionó aquel silencio de post guerra en su texto “El narrador”, texto que trata de la pérdida de la tradición oral, de la potencia de la narración como creadora de textos y dadora de nuevas vidas a las instancias humanas o tal vez al hombre mismo; Walter Benjamin rescata la espiritualidad perdida por el hombre que siempre ha estado ahí como el aire que se respira y del cual poca consciencia hay.

Ítalo Calvino nació en luego de la Primera Guerra Mundial y tuvo que enfrentarse a la Segunda Guerra a muy pronta edad. Acabada la Segunda Guerra publicó un libro de cuentos que no sólo habla del hombre enfrentado a la pérdida de la experiencia espiritual y el miedo a la muerte sino que también dejó un testimonio de esperanza, un testimonio sobre la alienación del hombre frente a la guerra, la pérdida de la cordura, etc. El libro al que me refiero es “Por último, el cuervo”, libro de treinta historias que relatan la vida del hombre de campo en el momento del estallido de la Segunda Guerra y su desarrollo. El hombre de campo del que relata Calvino en sus cuentos es un hombre alienado por el capitalismo, es un hombre que se enfrenta al deseo de dinero, de tener más; con esto parecería darse una apología al hombre de campo tradicional, pero es en realidad una visión pesimista del mismo. Pues lo que dice Calvino en sus cuentos es que no fue necesario de la guerra para deshumanizar al hombre y volverlo una máquina de trabajo, el hombre es de esa manera y no es por la guerra que es constante. Tampoco está deshumanizado por la posible muerte que es la no latencia misma (según Agamben), mejor dicho, el sentimiento de finitud se torna más presente que antes y mantiene al hombre en vela por su vida. Lo que me parece que ha deshumanizado al hombre es la pérdida de consciencia respecto a un espíritu que es más que él en él. Los cuentos que llevan la esperanza son aquellos mismos en que los personajes comprenden la no latencia, la constante posibilidad de muerte y de vida, y cuándo el hombre comprende que no es sólo un hombre sino que también es poseedor de algo dentro de él que puede verse como inmanencia.

Sin embargo, no estoy diciendo que la guerra no afecta al hombre, sí lo hace. Lo destruye. El hombre que conoce y está cerca de la guerra es un hombre que incluso ha perdido consciencia de su consciencia, los personajes de guerra son psicópatas, paranoicos y desquiciados. Son personajes que viven asqueados de la sociedad y buscan la soledad como si ello fuera la potencialidad de ser más humano. Los personajes de Calvino son torturados por la contradicción de ser hombres con deseos y prohibiciones, la contradicción de vivir con otros hombres o alejados de ellos, pues estos personajes han hallado en sus congéneres aquello que odian de ellos mismos y por eso muchos son viajeros que cambian de lugar constantemente o son extranjeros que no tienen voz, incluso llegan a ser parias que huyen de la guerra y al encontrarse solos, alejados de la humanidad, se sienten más asqueados que nunca.

Ése es el silencio que narra Walter Benjamin en el texto mencionado, la idea del hombre que se aleja del hombre y calla para no escuchar las voces humanas, las voces espirituales que lo enfrentan de formas nuevas a la realidad; el silencio del hombre aliena y radicaliza este silencio, porque en el silencio no hay diálogo ni dialéctica. Por eso –espero abordar Benjamin correctamente- Calvino ve en el hombre a aquel individuo que ha perdido la capacidad de ver lo espiritual en el hombre y sólo ve campo, sólo ve dinero, muerte y desesperación

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El viernes pasado fui a ver una puesta en escena “El encarne” de Virgilio Piñera y sólo pude pensar en la imagen de arriba y su significado: Libertad. Esta obra trata de la performance de una obra y por sobre todo de la disposición del artista por cambiar, así como la capacidad del arte por cambiar el mundo.

La trama de la obra gira en torno a una compañía de teatro que intenta reproducir una obra del director Hilario Hilacha, el director de la obra se empeña en la reproducción cabo a rabo de la obra mientras los actores quieren dar rienda suelta a sus impulsos, sus deseos de personificar a su manera, etc. El encarne está dividido en dos actos muy diferentes. El primer acto se concentra en la imposibilidad de la performance de esta obra de Hilario Hilacha, de la encarnación de personajes más afines a los actores, de la potencialidad del arte para salirse de su centro y abordar un espacio que no limita en las tablas sino que se mira también desde la posición del público, en este caso, desde la visión del director que intenta dirigir una obra que se le va de las manos. El segundo acto trata de los ensayos de la obra de Hilario Hilacha y la lucha del artista por seguir una línea y “enseriarse”, de no disfrutar del ritual lúdico del teatro e improvisar. La obra en general está muy bien planteada y es muy recomendable para pasar un buen rato en el teatro.

En el papel del director se encuentra un hombrecillo pequeño sin potencia en la voz, una burla a las clásicas imposiciones románticas que esperan que su director sea un Chaplin, el hombres bajo el cual la obra se cierne, el hombre que domina todos los campos en los cuales la obra se ve comprometida, el hombre que puede cambiar opiniones, dominar el escenario desde su butaca al frente de él. Es una burla del genio creador que termina dejándose llevar al juego ritualístico de la mímesis teatral.

Los actores son  reproducciones de papeles famosos como Rigoletto, Mefistófeles, Petrushka y la bailarina, Elektra, etc. De los seis actores que componen este grupo hay dos representativos: Mefistófeles y Petrushka. El primero es el jugar mismo, es el libre albedrío teatral, la performance es relajada y divertida, imprime realmente la libertad del actor para crear su personaje, cuánto de esto hay en el actor que hace de actor que hace de Mefistófeles es otro tema. Por otro lado, Petrushka es un personaje interesante que aparece en el primer actor y desaparece en el segundo  para volver como un danzante de flamenco (que es su personaje en la obra de Hilario Hilacha).  En las dos partes Petrushka está presente vívidamente o como un fantasma al cual regresa momentáneamente para hacernos recordar que el actor ha encarnado a Petrsuhka y éste al danzante.

Finalmente, El encarne de Virgilio Piñera que se performa estos días en el Teatro Julieta es muy recomendable por el absurdo, el baile, el quiebre de los clichés sobre el teatro, la burla de los estereotipos, los diálogos muy bien adaptados, la posición que marca la obra respecto a la posibilidad del arte por cambiar con un poco de amor y libertad, con la apertura necesaria para que las cosas sucedan. La obra realmente quiebra la noción del teatro establecido; en el teatro  hay potencia para cambiar el mundo, porque la obra finalmente habla de la libertad para cambiar por amor, libertad que lleva la disposición al juego teatral que si bien rompe la cuarta pared, no llega a romper con la estabilidad de la obra, no quiebra el hechizo bajo el cual el espectador encarna su papel: El de juez.

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José Watanabe

(Frente a la coyuntura electoral y el inminente triunfo de Ollanta Humala no expresaré mi felicidad sobre estos resultados, pues me parece mi posición política quedó clara en un post pasado, las apreciaciones sobre alteridad, comunidad y democracia ya son suficientes como para seguir haciendo cargamontón en un tema al cual hayque prestar atención en el tiempo debido, sobre el accionar humalista hablaré cuando corresponda hacerlo.)

Hace tiempo que he comenzado a leer la poesía de José Watanabe con tanta atención como a libros de Borges o Sábato; de estas lecturas diarias he podido sopesar una hipótesis: la espiritualidad en los poemas es su fundamento, su sostén, la decadencia y potencialidad del lenguaje. El poemario La piedra alada contiene poemas en que la potencialidad simbólica de las palabras es decadente, los poemas dan cuenta de la imposibilidad del símbolo por expresar el ser de las cosas donde la experiencia del mundo es el centro del proyecto poético, pero también el fin de este.

En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay, poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.

En estos versos el poeta se da cuenta de que la letra bajo la que funda su metáfora no puede representar la existencia de la piedra, pues en esta búsqueda de simbolización no sólo se extiende la cadena de símbolos sino que también se cierra el significante de la piedra misma. Mejor dicho, al querer llevarla al campo del lenguaje, el poeta no prolonga la existencia de la piedra sobre la cual escribe sino que la vacía de su existencia en el mundo, la lleva a la cadena de significantes en la que no existe esa materialidad que le da esencia ni forma; la evocación que produce esa piedra en el río como madre es inútil cuando se cimenta en la letra poética, cuando es abandonada la metáfora en la estaticidad de un libro de poesía. Hay en la voz poética cierta anagnórisis del valor del símbolo en su poesía, del vacío que hay en el lenguaje respecto a la comunicabilidad de aspectos esenciales en la materialidad del mundo. Este vacío es “su impenetrable intimidad”, aquello que es impenetrable para el lenguaje y su visión racionalista, o como diría Benjamin la concepción burguesa del lenguaje; sin embargo, no es sólo la concepción burguesa pues esta ya está vaciada de la espiritualidad, hay también una condena del quehacer poético:

Hay tanto ruido
de palabras gesticulantes y arrogantes
que pugnan por representar
sin majestad
las equivocaciones del mundo.

La poesía se muestra como el vacío en el lenguaje, el lenguaje es la piedra en el río o en el jardín japonés que  se enfrenta al uso burgues que intenta cerrarlo en un solo significante, el ruido en esos versos no es la potencialidad de apertura que mencionan Derrida y Benjamin sino que es la homogenización y cerrazón de los símbolos; el verso de las palabras gesticulantes da a entender que en ellas no hay expresión de existencia sino de vacío mismo, expresión de la no-latencia del lenguaje, del punto mismo en que el lenguaje se enfrenta con su muerte: el hombre.

Frente a esta letra muerta el yo poético debe tomar una decisión entre la racionalidad del lenguaje y su impotencia o la mistificación del mundo donde el lenguaje abandona su propia significación y lleva a la espiritualidad misma, donde el silencio no es impotencia sino presencia de lo innombrable de dios. Algún día, Dios mío, alcanzaremos a decirte de qué materia estamos hecho.

La espiritualidad es entonces el punto de apoyo donde se sostiene la labor poética, la razón por la cual el vacío que queda en la piedra debe seguir siendo buscado hasta poder enunciarlo. La espiritualidad es el deseo de llegar a dios por medio del mismo lenguaje que él nos ha dado. El nombrar las cosas en este lenguaje abandona la simbolización y busca la mímesis del mundo, aquella capacidad de mímesis que Walter Benjamin declara perdida con la concepción burguesa del lenguaje. Y ¿ahora qué hacer con el lenguaje y el mundo? Sólo queda que el poeta deje de intentarlo y cambie la perspectiva total, cambie el intentar por hacerlo, cambie la búsqueda de perfección lingüística por la libre apertura y evocación de las cosas del mundo. Sin embargo, el poeta se auto-sabotea al pensar que el mundo está más allá del lenguaje, que éste no puede representar por falta de contenido, se sabotea al mantener  la visión burguesa de su propia existencia, mejor dicho, la limitación en sus propios ojos y sus propias palabras.

Haz que te vea,
quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
Hazme saber
si acaso es mejor no despejar nunca la barriga de la tierra.

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