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Archive for 18 septiembre 2011

Con mucho gusto me he internado en algunos libros del danés Soren Kierkegaard, concretamente, “La repetición” y “Temor y temblor”. El segundo es tal vez el libro más conocido de este autor del siglo XIX; el primero, por otro lado, mantiene la exploración que ya había empezado en “Temor y temblor”, pero eso sí con mayores dotes poéticos. La empresa de internarse en el pensamiento de este filósofo danés que se enfrenta a la omnipotencia hegeliana es tal vez un suicidio forzado si es que no se tiene el tiempo necesario para poder leer, releer y analizar cada una de sus proposiciones. Por eso en este pequeño texto trataré dar luces sobre el carácter poético que se trabaja en “La repetición”.

Kierkegaard

Bajo el seudónimo de Constantino Constantius, Kierkegaard nos introduce en la discusión por su teoría de los estadios del hombre. Este seudónimo será el poeta que nos cuenta la historia de un joven que al darse cuenta que el amor que tiene por una dama alcanza el grado de dependencia, la abandona. El dilema moral que representa esta decisión causará angustia al joven, en tanto considere que es posible todavía un reencuentro con la pareja. En otras palabras, la repetición. Como dije, no quiero ahondar en las propuestas filosóficas, pero a veces es un poco difícil no hacerlo con Kierkegaard. El filósofo nos lleva como la corriente de un río potente en sí mismo, nuestra lectura se enfrenta no al escritor contemporáneo de la denotación, sino a la extinta estirpe del poeta visionario, del poeta simbolista y connotante.

En “La repetición”, Kierkegaard explora dos géneros muy interesantes. Dividido en dos partes, la primera corresponde al primer encuentro del poeta con el joven y la consecusión de los actos que podríamos resumir en una frase: La furia del eros. El joven se ve apresado por la paradoja que causa el entregarse a un amor erótico y su contrapeso en el honor del caballero. El abandonar a una novia que le demuestra amor puro está provocado por el sentimiento de dependencia que causa esta mujer sobre él. Debe entonces resignarse a perder esta unión para poder existir como particularidad. Bajo los consejos del poeta, el joven conocerá la noción de la repetición; sin embargo, no es la repetición que nos quiere presentar realmente Kierkegaard sino una visión burguesa del asunto. La repetición, en ese sentido, no consiste en la reiteración exacta de actos y sucesos, sino que consiste en perder todo para ganar más de lo que se había perdido. Así, en el primer libro, el joven perdió no sólo a su amada sino también la aprobación popular por haberla abandonado sin dar razones, pero sobre todo por casi haber perdido la razón, en tanto su alejamiento del ser amado le causaba angustia comparable a la soledad de Job.

Un ejemplo de la narración en la primera parte del libro: “El individuo esconsdido tiene tan poca fe en los grandes sentimiento y enociones ruidosas como en los astutos y susurrantes murmullos de la maldad, tan poca fe en el júblo dichoso de la alegría como en los lamentos infinitos de la pena.”

Este personaje es tomado en el segundo libro como ejemplo de un caballero al que se le retribuyó más de lo que se le pudo haber quitado. El joven toma como ejemplo  Job que sufre los designios de Satanás y el abandono de Dios, y que antes de resignarse a sentirse como pecador, se enfrenta a Dios, lo invoca y dialoga con él. Finalmente, el joven recupera su integridad y honor, además de la gracia de su amada cuando al cruzarse después de haber sido prometida en matrimonio, ella le responde el saludo y lo libera de la angustia.

El primer libro tiene forma de narración continua y, en tanto narre el estadio pasional del joven, concentra su energía poética en el accionar. Nos enfrentamos a una narración en primera persona que describe al máximo lo que sucede sin llegar a la meticulosidad del realismo francés, asi mismo prefigura en cierta forma el narrar psicológico que caracterizará no sólo a Dostoievsky sino también a los existencialistas y a Ernesto Sábato. Claro que este narrar no está tan desarrollado como en los escritores mencionados por las limitaciones que conlleva que el narrador no sea más que un espectador de la angustia humana. En el segundo libro, prima el género epistolar y comprende las cartas del joven a su confidente (el poeta). En estas cortas epístolas, el joven da cuenta de su revelación y la nueva forma de ver la vida y la relación con su amada. El joven da cuenta de magistrales narraciones en las que los detalles nos permiten dibujar perfectamente la situación. En ese sentido, el joven se presenta ahora como un fotógrafo mental que describe con precisión sus estados anímicos, sus pensamientos más profundos, etc. El joven alcanza su mayor particularidad y en ella se demuestra como universalizable: “¡Oh Job, déjame unierme a ti con mi dolor! Yo no he poseído las riquezas del mundo, ni he tenido siete hijos y tres hijas, pero también el que ha perdido una pequeña cosa mpuede afirmar con razón que lo ha perdido todo; también el que perdió a la amada puede decir en cierto sentido que ha perdido a sus hijos y a sus hijas; y también el que ha perdido el honor y la entereza, y con ellos la fuerza y la razón de vivir, también él puede decir que está cubierto de malignas y hediondas llagas.”

Nos enfrentamos entonces a un poeta de los antiguos, de aquellos que desaparecieron con el vanguardismo moderno. Este poeta no es el mentiroso designado por Aristóteles al cual no debemos creerle, este poeta es aquel que ha superado la generalidad del poeta de su tiempo y ha perdido toda noción de la ‘estética’ y se propone el contacto con lo sublime, con Dios, con esa entidad irrepresentable que se cierne sobre el alma del joven. En ese sentido, vale la pena rescatar una afirmación que Kierkegaard hace en “Temor y temblor”: “Por mi parte no me falta el valor para llegar a las últimas conclusiones de un pensamiento; hasta el momento ninguno de ellos me produjo miedo, y si en el futuro llegase a toparme con uno semejante, espero ser lo bastante franco conmigo mismo como para decirme: he aquí un pensamiento que me produce temor, un pensamiento que agita mi interior de modo extraño…”

Esta es la mencionada calidad poética que quiero rescatar en la obra de Soren Kierkegaard, la capacidad de temblar el pensamiento del hombre, de introducirlo a la crítica de la ética y su relación con el infinito. En el plano filosófico, Kierkegaard tiene aún mucho para dar, está en realidad velado en las tesis de Theodor Adorno, Emmanuel Levinas, Jacques Derrida y Walter Benjamin. Filósofos que también respondieron al sistema hegeliano y levantaron su voz de protesta frente a la limitación positivista. Tal vez nosotros como lectores y hombres deberíamos buscar también la repetición, el absurdo de la eternidad que nos espera.

P.D. Dejo una canción que puede alegorizar la repetición que pretende demostrar Kierkegaard

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