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Archive for 5 enero 2012

¿Cómo comprehender un texto como Orgullo y prejuicio y zombis dentro de la literatura contemporánea? ¿A qué género pertenece? Estos problemas surgen frente a un libro como el mencionado. Orgullo y prejuicio y zombis es una modernización del texto por el cual el siglo XIX llevó a la fama a Jane Austen, este texto se presenta como un libro interesante para aquellos que somos fanáticos de la literatura zombie mediante esta primera línea: “Es una verdad universalmente reconocida que un zombie que tiene cerebro necesita más cerebros.” (9) Sin embargo, esta promesa de futuro interès es vana. Antes de comentar esta nueva presentación de la obra más famosa de Austen quisiera hacer algunos comentarios teóricas sobre la traducción que plantea Sergio Waisman en su libro Borges y la traducción.

En este libro, Waisman sostiene que Jorge Luis Borges concibe la literatura como un ejercicio de traducción y que detrás de sus textos, comentarios, entrevistas (que suelen ser paradójicos y a veces contradictorios) el autor de ‘El Aleph’ maneja una teoría de la traducción como paráfrasis. Waisman hace referencia al texto ‘Las dos maneras de traducir’. Texto en el que Borges plantea una dicotomía en el ejercicio de la traducción: “Universalmente, supongo que hay dos clases de traducciones. Una practica la literalidad, la otra la perífrasis. La primera responde a las mentalidades románticas, la segunda a las clásicas.”  La primera no necesita mayor explicación, Borges la asocia con el espíritu romántico que exaltaba el yo creador y subordinaba el texto a éste. La segunda manera de traducción según Borges implica la aculturación del texto, mejor dicho, la actualización del texto al tiempo y espacio del escritor-traductor. En ese sentido, Borges se acerca mucho a la teoría de la traducción de Walter Benjamin que ya he tratado en otro post. Waisman por su parte las diferencia por el anhelo de Benjamin de alcanzar un lenguaje puro mediante una especie de movimiento místico que vaya más allá de la materialidad de la escritura. Borges por otro lado hace referencia a una serie de movimientos en lo que no sólo debemos entender la traducción interlingual (como referie Roman Jakobson) sino que también se entiende ‘traducción’ por la actualización de una misma lengua. En ese sentido, vale recordar ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ como aquel cuento en el que Borges plantea la actualización como traducción.

Waisman plantea que la actualización de la obra literaria en Borges supone valoraciones como ‘mala traducción’ y ‘buena traducción’. Sin embargo, Borges no plantea ninguna de estas valoraciones, a lo mucho se acerca cauteloso a la fidelidad del texto y el movimiento de traducción por el cual se ha logrado la edición comentada. En ese sentido Borges plantea una serie de juicios respecto a las traducciones de La Iliada por algunos traductores ingleses, Borges menciona y cita las versiones de Buckley, Butcher y Lang, Cowper, Pope, Chapman y Butler. Quisiera hace un comentario de la última versión citada por Borges, pero antes transcribo la cita que hace Borges y sus comentarios:

“Una vez ocupada la ciudad, él pudo cobrar y embarcar su parte de los beneficios hábitos, que era una fuerte suma. Salió sin un rasguño de toda esa peligrosa campaña. Ya se sabe: todo está en tener suerte…[…] Butler, en cambio, demuestra su determinación de eludir todas las oportunidades visuales y de resolver el texto de Homero en una serie de noticias tranquilas.(Borges, 242-243)

En primer lugar, no hay que ser helenista para saber que en la traducción citada hay un silencio que no podemos atribuir a Homero, mejor dicho, la traducción carece de las imágenes a las cuales nos hemos acostumbrado a leer en las diversas versiones, reediciones y transmutaciones de La Iliada. El mismo Borges nos da cuenta de que esta edición de Butler ‘simplifica’ el texto a su sentido base, al acontecimiento puro y sin el aire rococó que le habían adherido ediciones como la de Pope o Chapman. Esta edición de Butler debe ser entonces catalogada como literal o perifrásica¿? La opción de ‘literaridad’ debe ser descartada desde un primer momento pues no copia indistintamente los rasgos de las primeras ediciones literales de Buckley y de Butcher y Lang. Por otro lado, la opción ‘perifrásica’ parecería no encajar dentro de las definiciones dadas por Borges y comentadas por Waisman, pues no encontramos más que una descripción pobre del evento citado por Borges.  Éste no se arriesga a catalogar de ‘mala traducción’ a la concretísima versión de Butler, incluso siembra la duda con su frase final: “No es imposible que la versión calmosa de Butler sea la más fiel.” (243) Obviamente, aquí el sentido de fidelidad es el mismo que, considero, Benjamin sostiene en La tarea del traductor. Ser fiel es actualizar.

La edición de Butler del relato homérico data de 1900, comienzos de siglo que llevaban una impronta ‘No al positivismo’. El positivismo de Compte había alcanzado abarcar casi todo el sistema de pensamiento occidental y para inicios del siglo XX ya muchos intelectuales desconfiaban de los ‘progresos científicos’. Husserl, Rosenzweig, Heidegger, Chesterton, etc. fueron nombres de ese ejercito intelectual que intento rebatir los avances del discurso científico que terminaría en los campos de concentración nazi. En ese contexto, no se justifica la versión de Butler, una edición que evita las grandes descripciones visuales famosas a finales del siglo XIX y que llevaban en sí el espíritu clásico del renacimiento italiano¿? Butler fue fiel al relato homérico, lo actualizo al modo de expresión occidental de inicios de siglo.

Considero que lo mismo ha sucedido con Orgullo y prejuicio y zombis, si bien la novela no lleva un lenguaje tan rococó como otras obras de la misma época, la versión zombie de Seth Grahame – Smith aporta poco o casi nada a la obra. Su visión a lo que se refiere una actualización es pobre en tanto que no es infiel al objetivo de Austen y cuenta la historia de una manera diferente sino que simplemente aprovecha algunos espacios en los cuales hacer menciones a la plaga zombie. En ese sentido, Grahame – Smith aprovecha algunos silencios de Austen o algunos juicios irrelevantes sobre la actitud de sus personajes para introducir un evento, por ejemplo en las primeras líneas de la novela aprovecha un pequeño diálogo entre el Sr. y la Sra. Bennet para las primeras evocaciones a los zombies:

–Mi querido señor Bennet –le dijo un día su esposa–, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Netherfield Park?

El señor Bennet respondió que no.

–Pues así es –insistió ella–; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha contado todo.

El señor Bennet no hizo ademán de contestar.

–¿No quieres saber quién lo ha alquilado? –se impacientó su esposa.

–Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.

Esta sugerencia le fue suficiente. (Austen, 63)

La acción es simple. El sr. Bennet tiene poco interés en conocer quién ha ocupado la casa de Netherfield Park y su mujer, como toda mujer de inicios del siglo XIX, urge por contárselo a alguien. La versión de Grahame – Smith presenta la misma escena con otra tonalidad:

-Querido señor Bennet – le dijo su esposa un día -, ¿te has enterado de que Netherfield Park vuelve a estar ocupado?

El señor Bennet respondió negativamente y continuó con su labor matutina, consistente en afilar su daga y pulir su mosquete, pues en las últimas semanas los ataques de los inombrables se habían producido con alarmante frecuencia.

-Pues lo está –afirmó su esposa

El señor Bennet no contestó.

-¿No quieres saber quién lo ha alquilado? –preguntó su esposa irritada.

-Estoy puliendo mi mosquete, mujer. Sigue hablando si quieres, ¡pero deja que me ocupe de la defensa de mi propiedad!

La señora Bennet lo interpretó como una invitación a proseguir. (Grahame – Smith, 9)

Como podemos ver, el aprovechamiento de la situación que Austen plantea en el ‘original’ puede ser interesante en tanto inicio de futuras apariciones y encuentros con zombies. Sin embargo, la versión de Grahame – Smith adolece del encanto estético literario. En su texto no podemos apreciar esa belleza de lo grotesco que nos han sugerido historias como las de George Romero, Max Brooks o Robert Kirkman. Adolece de talento para descripciones que podrían enriquecer realmente la obra sin tener que crear una ‘trama alterna’ respecto de la versión de Jane Austen.

Para hacer literatura zombie no se necesita sólo un buen dibujante, una buena trama. Se necesita un intelectual arriesgado a la fidelidad al texto, a un intelectual que se arriesgue a la pérdida del autor personal y se enfrente a la traducción perifrásica como una ganancia y no como una pérdida. Se necesita (cuando no hay dibujos o no prepondera, como en este caso) de un Alexander Pope que pueda dirigir una edición casi barroca que lleve al lector más allá de la simple descripción de acciones y pueda afectar su individualidad, casi casi como si un zombie estuviese al acecho.

Bibliografía

Austen, Jane. Orgullo y prejuicio. Madrid: Alianza editorial

Austen, Jane & Seth Grahame – Smith. Orgullo y prejuicio y zombis. Barcelona: Umbriel

Benjamin, Walter. La tarea del traductor

Borges, Jorge Luis. Obras completas. Buenos Aires: Emecé

Waisman, Sergio. Borges y la traducción. Buenos Aires: Adriana Hidalgo

 

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“Ningún problema tan consustancial con las letras

como el que propone una traducción.”

J.L.B.

“La misión del traductor es rescatar ese lenguaje puro confinado en el idioma extranjero para el idioma propio, y liberar el lenguaje preso en la obra al nacer la adaptación.”

¿Cómo entender esta expresión de Walter Benjamin? Sólo hay una posibilidad. Benjamin no se refiere a la traductibilidad como traslado, equivalencia, igualdad lingüística entre un idioma y otro, como reproducción técnica de la obra de arte. Se refiere en realidad a la expansión de la vida del texto, el acto creador del lenguaje que permite a la obra actualizarse constantemente con cada nueva figuración en otras lenguas. El traductor en sí se enfrenta al problema de la fidelidad al texto ¿Qué significa esta fidelidad? Significa responder a la esencia del texto, al espíritu del lenguaje que nos habla en la obra a traducir, ser fiel es poder “…encontrar en la lengua a la que se traduce una actitud que pueda despertar dicha lengua un eco del original.”

Hasta este momento hemos mantenido la idea de Benjamin presentada en su texto ‘La tarea del traductor’; sin embargo, me parece más importante poder llevar lo presentado de manera tan concisa a proyecciones sobre el pensamiento de Benjamin. En concreto, Benjamin no espera que entendamos que la traducción consiste en la analogía entre lenguas sino que la tarea del traductor es llegar al espíritu de la obra y proyectar este eco que es una nueva vida. El acto creador del lenguaje es este nombrar como un eco de la existencia, este vivir en el lenguaje que nos acerca al espíritu mismo de las cosas. La tarea del traductor no es la simple reproducción de la esencia del texto sino el enriquecimiento del espíritu del hombre, el enriquecimiento del lenguaje del hombre. La búsqueda de la traductibilidad a un lenguaje puro, al lenguaje de la verdad que es el lenguaje de Dios. Avanzamos a pasos agigantados pues nos lleva la evocación misma que Benjamin rescataba en sus primeros escritos. Traducción es esto que hacemos ahora al intentar ‘explicar’ una idea benjaminiana sin más recursos que la sombra del texto, sin más experiencia que la marca de lectura. El ‘comenzar’ no siempre es el inicio, el ‘explicar’ no siempre es aclarador. Se hace un llamado en todo caso a la noción de experiencia que Benjamin intenta darle a las categorías kantianas. No podemos avanzar sin historia, la historia misma del lenguaje, la experiencia del hombre y su vitalidad impregnadas en cada palabra, cada sonido que expresa su humanidad, su propia negación: su historia.

El ser espiritual del hombre es el ser espiritual del lenguaje o tal vez de modo inverso, pero eso no nos ayuda saber cuál es primero o el segundo porque no es al estancamiento del lenguaje, a la forma como se dice donde apunta Benjamin, es al QUÉ SE DICE. Y qué dice el texto de Benjamin sobre la traducción está más allá de sus márgenes. Una respuesta puede venir de la cábala judía: los traductores de la Torah son creadores del universo y deben tener mucho cuidado con las grafías usadas en el proceso de traducción porque un error puede destruir al mundo. La ‘obra’ no es un objeto vacío que se pierde en la reproductibilidad mecanizada del capitalismo, es en realidad expresión del ser del hombre, del ser del lenguaje. Pero este lenguaje está impregnado de historia, como ya se dijo, y por lo tanto el traductor tiene como tarea el poder expresar de manera justa la relación de una lengua pasada con una contemporánea. Gran ejemplo de traducción se muestra en el cuento de Jorge Luis Borges “Pierre Menard, autor del Quijote”. Pierre Menard escribe el Quijote, es totalmente diferente, pero igual en todos los sentidos al escrito por Cervantes casi cinco siglos antes. Borges nos enfrenta a la actualización constante de la obra de arte. La traducción no es sólo el paso de una lengua a otra, incluso correspondiente a la esencia del texto. La traducción se encuentra en el mismo acto de la lectura que traduce la palabra escrita en el sonido, que es identificado por Benjamin como la característica fundamental del lenguaje del hombre y del lenguaje de Dios.

Dios ‘llamó’ al hombre, no lo creó sin más ni más en un ejercicio de pura voluntad desinteresada, sino que compartió su espíritu con él en la acción de dar nombre a la naturaleza. El hombre heredó este poder en el nombrar, esta voluntad creadora que hace un momento mencionábamos en el acto del traductor de la Torah que crea el mundo. ¿‘Crea’? Tal vez lo actualiza, lo adapta, lo reconceptualiza a un mundo que es constante cambio, que no es estabilidad ni sistema lógico conceptual como en el pensamiento hegeliano. Otra vez los pasos nos ganan antes de explicar  las cosas. El traductor actualiza la obra de arte en la traducción, en la lengua escrita al sonido creador, en la lengua cerrada a la posibilidad de vida. “El texto escrito no es más que la máscara de muerte de la idea original” nos dice Benjamin en Convoluto N y de esto podemos entender que la actualización también pretifica, que la lengua aniquila la potencialidad creadora de un lenguaje humano que es por naturaleza creación y actualización del universo.

Para Benjamin, como para tantos otros filósofos, Hegel determinó el futuro de la filosofía moderna y contemporánea. En general, podemos encontrar diversas expresionas que nos llevan hacia el pensamiento hegeliano dentro de los escritos de Walter Benjamin; sin embargo, una gran diferencia también es evidente: Benjamin no cree en el sistema total, en la determinación, en la conceptualización. Benjamin, en ese sentido, sigue los pasos de Soren Kierkegaard pues hace un llamado al otro lado de la razón, al absurdo de la no-razón. Los límites de la razón no se encuentran en la irracionalidad sino en el absurdo, en la imposibilidad de simbolización. De esta manera podemos dar más luces sobre la traducción. Para Benjamin el texto no se encuentra determinado por sus grafías, el espíritu del lenguaje no se encuentra en el orden impreso o gráfico de su realidad, el espíritu del lenguaje no es una esencia realizada sino que es una especia de proyecto que se realiza constantemente en la actualización, en la adaptación del texto a nuevos contextos, a nuevas lenguas, a nuevos sujetos. La traducción no agota las posibilidades del ser de la obra de arte sino que las apertura en el más puro sentido derridadiano. La traducción es apertura del ser.

Sin embargo, olvidamos algo que notablemente nos lleva a la dialéctica en suspenso benjaminiana: Dios. La tarea del traductor es llevar el lenguaje del hombre a uno más puro que sólo podemos identificar con el del ser espiritual superior. Se nos muestra entonces la dialéctica entre la historia del lenguaje que se actualiza y el lenguaje de Dios que es ahistórico, que es el lenguaje de la verdad que menciona Benjamin en otro texto. Dialéctica que se resuelve en el ‘instante’ en la síntesis kierkegaardiana de infinitud y finitud como parte de la esencia del hombre. En el instante se resuelve esta actualización del lenguaje que lleva la historia del hombre y, a la vez, nos acerca al ser espiritual perfecto. Esta visión puede entenderse con algunas palabras de Gershom Scholem sobre la cábala y el lenguaje: “Aquello que sale hacia fuera es sólo representación de aquello que ya antes estaba presente en Dios mismo, en la ilimitada plenitud de su ser y su potencia.” Así mismo el hombre, que ha recibido el don del lenguaje, tampoco se limita al lenguaje como mensaje, pues el lenguaje es ilimitado por venir de Dios.

Entonces, si el lenguaje no deja de actualizarse y su esencia es la esencia del hombre, el hombre ¡no ES! La esencia del hombre no es una esencia completa sino que es, en el sentido etimológico, imperfecta. La esencia del hombre que se reconoce en el lenguaje también se actualiza constantemente y se somete a la dialéctica en suspenso que termina en el instante, efímero periodo que petrifica una idea para volverse a aperturar. La obra que se traduce puede entenderse como el hombre que se actualiza constantemente, que no se encuentra determinado por su historia en un devenir absoluto e irremediable. La obra de arte al actualizarse se finaliza, pero también vuelve a comenzar. La obra a traducir no responde a la necesidad de un sujeto, no está definida para un lector o un grupo de lectores, la obra de arte es libertad creadora pura. El hombre que se enfrenta al lenguaje no se enfrente a un objeto mecanizado, se enfrenta a su propia esencia, a la esencia del lenguaje. Es que el traductor ve que ésta posee una lengua insuficiente, que no puede agotar las posibilidades de su esencia, que no puede realizar las potencialidades que el texto le permite. La misión del traductor es actualizar el texto en el instante y aperturarlo a nuevas posibilidades.

Nos hemos dejado llevar por la evocación benjaminiana, hemos dejado aflorar el inconsciente en el que el lenguaje se sostiene. Petrifiquemos un poco estas ideas. Roland Barthes en su ensayo ‘De la obra al texto’ habla de algo muy parecido al tema tratado en estas líneas y en las referidas a Walter Benjamin: la obra literaria no es estática, pues ella sólo realiza su esencia (Barthes no usa este término) en el momento de la lectura. Antes de la lectura es puro juego, libertad, ¿absurdo? Walter Benjamin nos dice mucho, pero sobre todo, nos comparte su esencia. Para Walter Benjamin, un texto nunca se ha realizado por completo porque siempre se proyecta en cada lectura, en cada traducción, en el eco perdido que nació por la primera o la segunda. La historia del hombre se imprime en estas acciones linguisticas, pero también se imprime la relación con un ser espiritual superior, impresiones que se sintetizan en el instante, en la dialéctica en suspenso, en el paso a otra vida. La tarea del traductor es realmente una posición frente a la existencia humana. Una posición frente a la simplicidad burguesa, a su banalidad. Walter Benjamin nos habla del misterio del lenguaje, del misterio del hombre, pero nos habla desde su propio misterio.

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