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Posts Tagged ‘Aristóteles’

Con mucho gusto me he internado en algunos libros del danés Soren Kierkegaard, concretamente, “La repetición” y “Temor y temblor”. El segundo es tal vez el libro más conocido de este autor del siglo XIX; el primero, por otro lado, mantiene la exploración que ya había empezado en “Temor y temblor”, pero eso sí con mayores dotes poéticos. La empresa de internarse en el pensamiento de este filósofo danés que se enfrenta a la omnipotencia hegeliana es tal vez un suicidio forzado si es que no se tiene el tiempo necesario para poder leer, releer y analizar cada una de sus proposiciones. Por eso en este pequeño texto trataré dar luces sobre el carácter poético que se trabaja en “La repetición”.

Kierkegaard

Bajo el seudónimo de Constantino Constantius, Kierkegaard nos introduce en la discusión por su teoría de los estadios del hombre. Este seudónimo será el poeta que nos cuenta la historia de un joven que al darse cuenta que el amor que tiene por una dama alcanza el grado de dependencia, la abandona. El dilema moral que representa esta decisión causará angustia al joven, en tanto considere que es posible todavía un reencuentro con la pareja. En otras palabras, la repetición. Como dije, no quiero ahondar en las propuestas filosóficas, pero a veces es un poco difícil no hacerlo con Kierkegaard. El filósofo nos lleva como la corriente de un río potente en sí mismo, nuestra lectura se enfrenta no al escritor contemporáneo de la denotación, sino a la extinta estirpe del poeta visionario, del poeta simbolista y connotante.

En “La repetición”, Kierkegaard explora dos géneros muy interesantes. Dividido en dos partes, la primera corresponde al primer encuentro del poeta con el joven y la consecusión de los actos que podríamos resumir en una frase: La furia del eros. El joven se ve apresado por la paradoja que causa el entregarse a un amor erótico y su contrapeso en el honor del caballero. El abandonar a una novia que le demuestra amor puro está provocado por el sentimiento de dependencia que causa esta mujer sobre él. Debe entonces resignarse a perder esta unión para poder existir como particularidad. Bajo los consejos del poeta, el joven conocerá la noción de la repetición; sin embargo, no es la repetición que nos quiere presentar realmente Kierkegaard sino una visión burguesa del asunto. La repetición, en ese sentido, no consiste en la reiteración exacta de actos y sucesos, sino que consiste en perder todo para ganar más de lo que se había perdido. Así, en el primer libro, el joven perdió no sólo a su amada sino también la aprobación popular por haberla abandonado sin dar razones, pero sobre todo por casi haber perdido la razón, en tanto su alejamiento del ser amado le causaba angustia comparable a la soledad de Job.

Un ejemplo de la narración en la primera parte del libro: “El individuo esconsdido tiene tan poca fe en los grandes sentimiento y enociones ruidosas como en los astutos y susurrantes murmullos de la maldad, tan poca fe en el júblo dichoso de la alegría como en los lamentos infinitos de la pena.”

Este personaje es tomado en el segundo libro como ejemplo de un caballero al que se le retribuyó más de lo que se le pudo haber quitado. El joven toma como ejemplo  Job que sufre los designios de Satanás y el abandono de Dios, y que antes de resignarse a sentirse como pecador, se enfrenta a Dios, lo invoca y dialoga con él. Finalmente, el joven recupera su integridad y honor, además de la gracia de su amada cuando al cruzarse después de haber sido prometida en matrimonio, ella le responde el saludo y lo libera de la angustia.

El primer libro tiene forma de narración continua y, en tanto narre el estadio pasional del joven, concentra su energía poética en el accionar. Nos enfrentamos a una narración en primera persona que describe al máximo lo que sucede sin llegar a la meticulosidad del realismo francés, asi mismo prefigura en cierta forma el narrar psicológico que caracterizará no sólo a Dostoievsky sino también a los existencialistas y a Ernesto Sábato. Claro que este narrar no está tan desarrollado como en los escritores mencionados por las limitaciones que conlleva que el narrador no sea más que un espectador de la angustia humana. En el segundo libro, prima el género epistolar y comprende las cartas del joven a su confidente (el poeta). En estas cortas epístolas, el joven da cuenta de su revelación y la nueva forma de ver la vida y la relación con su amada. El joven da cuenta de magistrales narraciones en las que los detalles nos permiten dibujar perfectamente la situación. En ese sentido, el joven se presenta ahora como un fotógrafo mental que describe con precisión sus estados anímicos, sus pensamientos más profundos, etc. El joven alcanza su mayor particularidad y en ella se demuestra como universalizable: “¡Oh Job, déjame unierme a ti con mi dolor! Yo no he poseído las riquezas del mundo, ni he tenido siete hijos y tres hijas, pero también el que ha perdido una pequeña cosa mpuede afirmar con razón que lo ha perdido todo; también el que perdió a la amada puede decir en cierto sentido que ha perdido a sus hijos y a sus hijas; y también el que ha perdido el honor y la entereza, y con ellos la fuerza y la razón de vivir, también él puede decir que está cubierto de malignas y hediondas llagas.”

Nos enfrentamos entonces a un poeta de los antiguos, de aquellos que desaparecieron con el vanguardismo moderno. Este poeta no es el mentiroso designado por Aristóteles al cual no debemos creerle, este poeta es aquel que ha superado la generalidad del poeta de su tiempo y ha perdido toda noción de la ‘estética’ y se propone el contacto con lo sublime, con Dios, con esa entidad irrepresentable que se cierne sobre el alma del joven. En ese sentido, vale la pena rescatar una afirmación que Kierkegaard hace en “Temor y temblor”: “Por mi parte no me falta el valor para llegar a las últimas conclusiones de un pensamiento; hasta el momento ninguno de ellos me produjo miedo, y si en el futuro llegase a toparme con uno semejante, espero ser lo bastante franco conmigo mismo como para decirme: he aquí un pensamiento que me produce temor, un pensamiento que agita mi interior de modo extraño…”

Esta es la mencionada calidad poética que quiero rescatar en la obra de Soren Kierkegaard, la capacidad de temblar el pensamiento del hombre, de introducirlo a la crítica de la ética y su relación con el infinito. En el plano filosófico, Kierkegaard tiene aún mucho para dar, está en realidad velado en las tesis de Theodor Adorno, Emmanuel Levinas, Jacques Derrida y Walter Benjamin. Filósofos que también respondieron al sistema hegeliano y levantaron su voz de protesta frente a la limitación positivista. Tal vez nosotros como lectores y hombres deberíamos buscar también la repetición, el absurdo de la eternidad que nos espera.

P.D. Dejo una canción que puede alegorizar la repetición que pretende demostrar Kierkegaard

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El amor cortés fue un motivo literario muy usado en otros tiempos, en el Perú contemporáneo Alfredo Bryce ha rescatado este tópico y lo adaptó a la lengua castellana moderna, grandes ejemplos son sus libros Huerto Cerrado, Un mundo para Julius o El huerto de mi amada, donde repite este modelo en un lenguaje muy peruano y actual. El presente trabajo se centrará en el cuento “Una mano sobre las cuerdas (Páginas de un diario)” del libro de cuentos Huerto Cerrado; este cuento trata de Manolo y su enamoramiento de Cecilia, un amor de verano que sufrirá pruebas que el mismo Manolo nos cuenta y resuelve ante nuestros ojos, nada es pues suficiente para controlar al amor; sin embargo, con el análisis lacaniano podremos interpretar las actitudes de Manolo como resultantes de una patología de su fascinación y no como el amor verdadero y puro que él cree poseer.

Vayamos primero a la estructura central del texto, se encuentra divido en dos secciones: lo descrito por un narrador en tercerea persona omnisciente y lo escrito por Manolo, narrador en primera persona. Nos centraremos en el discurso de Manolo, pero volveremos inevitablemente a ese gran Otro narrador. En primer lugar, vale decir que el personaje manolo es un personaje diferente a cualquier otro en el cuento, es una persona culta y religiosa que, haciendo añoranza a los modelos del Siglo de Oro como Lope de Vega o Garcilazo, será un gran cristiano, pero a la vez un violador de sus propias creencias y limitaciones. Volviendo con Manolo, tempranamente nos enteramos que es un sujeto que se forma a partir de las opiniones de sus amigos y de su entorno en general, estas opiniones se podrán considerar como el deseo del otro, esos discursos le permitirán construir el fantasma de su objeto a, que en este caso es, la ya mencionada, Cecilia. Fantasma que consideramos forma parte o representa al “amor  cortés”. Tres elementos nos permitirán hacer esta consideración tan fundamental para la interpretación:

  1. El hombre experimentado y la mujer virgen
  2. Obstáculos para tener a la mujer
  3. Declaración de amor según el modelo idílico

El punto 1. es un claro leiv motiv de la literatura amorosa y se evidencia en “Ella me dijo que era el primer hombre que la besaba. Yo seguí los consejos Enrique, y le dije que ya había besado a otras chicas antes. Enrique dice que uno nunca debe decirle a una mujer que es la primera vez que besa, o cualquier otra cosa.” (Bryce 72). Es clara la interpretación de este primer aspecto y en cómo Manolo se ciñe al deseo del otro, a su discurso. Sobre el punto 2. hay diferentes ejemplos, pero nos abstendremos a la declaración del propio personaje “¡Qué manera de complicarme la vida!”(72), este ejemplo si bien no muy representativo nos ayudará a entender ciertos preceptos del campo teórico. Sobre el punto 3. volvemos al texto “-¿Podrías subirte un momento sobre este pilar? – Bueno, pero estás chiflado… … – Ya Manolo. Apúrate. Nos van a ver, y van a pensar que estamos locos. – Te quiero Cecilia. Tienes que ser mi enamorada.” (71). Este modelo caballeresco lo podemos encontrar en diversas novelas medievales y hasta en el Quijote. Teniendo fundamentado la condición de fantasma de amor cortés, pasaremos a la visión del objeto de deseo de Manolo, Zizek dice sobre el objeto a: “El objeto sólo puede ser percibido cuando se lo ve desde un lado, en forma parcial, distorsionada, como su propia sombra. Si lo miramos de frente, no vemos nada, tan sólo vacío… …sólo a través del fantasma se construye el sujeto como deseante.” (Zizek 24). Entendemos entonces que Manolo se constituye como deseante a partir de su visión del amor, visión que encontrará su materialización con la aparición de Cecilia en su vida, Manolo dibuja su idea de Cecilia y elije verla de ese modo, el cuento nos enfrenta sólo ante la visión de él, la focalización se da para no enfrentarnos directamente al vacío del objeto. Por esa razón, los “links” a los conocimientos, sentimientos y esperanzas de Manolo nos permite conocer su fantasma; así mismo podemos tomar en cuenta al amor cortés de Zizek donde el sujeto se denigra ante la mujer-ama, el hombre busca la suspensión del deseo, los impedimentos son parte del deseo del hombre hacia la mujer, “lo que realmente esperamos y deseamos de la dama es simplemente otra prueba, otra demora.” (225). Manolo comienza un performance de pertenecer a la dama, cuando en realidad es el quien pone las reglas del juego (220), Manolo forma los impedimentos y hace ver como que fueran naturales o parte de Cecilia -si rememoramos el extracto citado sobre este punto podemos entender mejor esta idea.  Ante toda esta representación del objeto, sucede un hecho que desestabiliza el orden simbólico de Manolo: “(César) Se rió como si se estuviera burlando de mí, y me preguntó si alguna vez me había imaginado a Cecilia cagando.” (Bryce, 74). ¿Por qué lo desestabiliza? Porque sabotea el fantasma del amor cortés, su fantasma es tan rígido que este conocimiento de Cecilia como cosa que defeca provoca en Manolo un desencuentro, un desequilibrio. Y es que por más que haya sucedido una subliminación de Cecilia al erotizarse ciertas partes del cuerpo no por su posición anatómica (caminada de pato) sino debido al modo en que el cuerpo es apresado en la red simbólica (Zizek 38), a pesar de este movimiento hay una angustia que siente Manolo ante esta pregunta de César: “Sólo sé que cuando Cecilia llegó, me costaba trabajo mirarla. Le digo que la adoro, y siento un escalofrío.” (Bryce, 74). Esta angustia se puede traducir teóricamente en un acercamiento muy próximo al objeto: “… el peligro de que nos acerquemos demasiado al objeto y de este modo perdamos la falta misma: La angustia es provocada por la desaparición del deseo.” (Zizek 42). Para librarse de esta angustia, Manolo vomita, lo hace porque no asimila lo que ha pasado; Schopenhauer diría que Manolo niega el entendimiento para evitar ver a Cecilia como objeto. Al perderse el deseo, aparece el papel central del otro narrador, restituir el orden simbólico; a partir de su interpretación e información, nuestra visión vuelve a la de Manolo enamorado: “Su amor era su amor. Él lo había creado y quería conservarlo como a él le gustaba. …No conocía otra manera de amar. ¿Había siquiera otra manera de amar? …Sonreía porque sabía que vomitar lo aliviaría. Manolo no tenía la culpa. Cecilia era su amor.” (Bryce 74). Lo citado funciona como un re-estructuración del orden simbólico; sin embargo hay otras apariciones de este narrador que nos permiten entender mejor su papel en el relato. Primero, lo encontramos en el primer párrafo con la descripción del Country Club y las actividades de verano; luego lo encontramos con la descripción de la moda de llevar a la pareja a pasear por el parque Salazar (“le incomodaba verse rodeado de gente que hacía  exactamente lo mismo que él, pero no le quedaba más remedio que someterse a las reglas del juego” (70)). Luego de la restitución del orden simbólico, el cuento finaliza con el gran obstáculo para el amor: el internado y las palabras de Chejov: “Aquel que más ama, es el más débil”. (76)

Por otro lado, la inclusión del narrador en tercera persona se presta a una mejor interpretación con: “La emergencia del lenguaje abre un agujero en la realidad y este agujero cambia el eje de nuestra mirada”(44), por último, este agujero sólo puede ser llenado por una mirada anamórfica: “cubre al objeto con una serie de envolturas fantasmáticas.” (44). Este narrador crea y cuida el orden simbólico de Manolo; en ese sentido, Cecilia cagando es una forma de lo real  que “irrumpe en la forma de un retorno traumático, trastorna el equilibrio de nuestras vidas pero al mismo tiempo es un sostén de ese equilibrio.” (45). Tenemos entonces en esa inclusión la justificación de su existencia, tanto para el narrador (otro) como para Manolo. Manolo pues es quien vela a Cecilia con sus fantasmas. Pero también responde a su deseo de verano, que es andar con César y otros, dejar de ser niño, Cecilia pues responde al deseo de Manolo y por eso sostiene al orden simbólico; Zizek dice que para que se pueda tener a lo real como sostén del orden simbólico deber parecer encontrado y no construido, ahí tenemos el primer encuentro de Manolo con Cecilia: “Hoy he visto a la chica más maravillosa del mundo. Es la primera vez que viene a la piscina y nadie la conoce.” (Bryce 63). Así pues, para que Cecilia cagando sea y siga sosteniendo el orden simbólico, Manolo debe tomar en serio su propia ficción y aferrarse a ella, a su fantasma (Zizek 37), pues “para que la realidad exista, algo debe quedar sin decir.” (25) Es justamente eso que no se dice lo que desestabiliza y ordena, que es Cecilia cagando, Cecilia fuera de su fantasma.

Podemos interpretar mejor que lo que queda fuera del otro narrador es él mismo, él está afuera del texto más que para simbolizar, para imprimir el orden simbólico de Manolo y el cuento, una excelente analogía se podría hacer a este narrador con el corifeo de la Poética de Aristóteles, que es quien organiza y permite comprender la trama, contextualiza la historia a los espectadores.  Si podemos entender este concepto, entendemos que el orden simbólico armado por el narrador a través de Manolo ha sido una treta para el lector, un encuentro entre los personajes y los lectores que éstos no perciben de manera clara ni directa, el encuentro con un real de manera anamórfica, pues el descubrir la manipulación, dice Zizek, sólo fortalece la unión de los amantes (236), o tal vez del lector y el cuento.

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