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José Watanabe

(Frente a la coyuntura electoral y el inminente triunfo de Ollanta Humala no expresaré mi felicidad sobre estos resultados, pues me parece mi posición política quedó clara en un post pasado, las apreciaciones sobre alteridad, comunidad y democracia ya son suficientes como para seguir haciendo cargamontón en un tema al cual hayque prestar atención en el tiempo debido, sobre el accionar humalista hablaré cuando corresponda hacerlo.)

Hace tiempo que he comenzado a leer la poesía de José Watanabe con tanta atención como a libros de Borges o Sábato; de estas lecturas diarias he podido sopesar una hipótesis: la espiritualidad en los poemas es su fundamento, su sostén, la decadencia y potencialidad del lenguaje. El poemario La piedra alada contiene poemas en que la potencialidad simbólica de las palabras es decadente, los poemas dan cuenta de la imposibilidad del símbolo por expresar el ser de las cosas donde la experiencia del mundo es el centro del proyecto poético, pero también el fin de este.

En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay, poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.

En estos versos el poeta se da cuenta de que la letra bajo la que funda su metáfora no puede representar la existencia de la piedra, pues en esta búsqueda de simbolización no sólo se extiende la cadena de símbolos sino que también se cierra el significante de la piedra misma. Mejor dicho, al querer llevarla al campo del lenguaje, el poeta no prolonga la existencia de la piedra sobre la cual escribe sino que la vacía de su existencia en el mundo, la lleva a la cadena de significantes en la que no existe esa materialidad que le da esencia ni forma; la evocación que produce esa piedra en el río como madre es inútil cuando se cimenta en la letra poética, cuando es abandonada la metáfora en la estaticidad de un libro de poesía. Hay en la voz poética cierta anagnórisis del valor del símbolo en su poesía, del vacío que hay en el lenguaje respecto a la comunicabilidad de aspectos esenciales en la materialidad del mundo. Este vacío es “su impenetrable intimidad”, aquello que es impenetrable para el lenguaje y su visión racionalista, o como diría Benjamin la concepción burguesa del lenguaje; sin embargo, no es sólo la concepción burguesa pues esta ya está vaciada de la espiritualidad, hay también una condena del quehacer poético:

Hay tanto ruido
de palabras gesticulantes y arrogantes
que pugnan por representar
sin majestad
las equivocaciones del mundo.

La poesía se muestra como el vacío en el lenguaje, el lenguaje es la piedra en el río o en el jardín japonés que  se enfrenta al uso burgues que intenta cerrarlo en un solo significante, el ruido en esos versos no es la potencialidad de apertura que mencionan Derrida y Benjamin sino que es la homogenización y cerrazón de los símbolos; el verso de las palabras gesticulantes da a entender que en ellas no hay expresión de existencia sino de vacío mismo, expresión de la no-latencia del lenguaje, del punto mismo en que el lenguaje se enfrenta con su muerte: el hombre.

Frente a esta letra muerta el yo poético debe tomar una decisión entre la racionalidad del lenguaje y su impotencia o la mistificación del mundo donde el lenguaje abandona su propia significación y lleva a la espiritualidad misma, donde el silencio no es impotencia sino presencia de lo innombrable de dios. Algún día, Dios mío, alcanzaremos a decirte de qué materia estamos hecho.

La espiritualidad es entonces el punto de apoyo donde se sostiene la labor poética, la razón por la cual el vacío que queda en la piedra debe seguir siendo buscado hasta poder enunciarlo. La espiritualidad es el deseo de llegar a dios por medio del mismo lenguaje que él nos ha dado. El nombrar las cosas en este lenguaje abandona la simbolización y busca la mímesis del mundo, aquella capacidad de mímesis que Walter Benjamin declara perdida con la concepción burguesa del lenguaje. Y ¿ahora qué hacer con el lenguaje y el mundo? Sólo queda que el poeta deje de intentarlo y cambie la perspectiva total, cambie el intentar por hacerlo, cambie la búsqueda de perfección lingüística por la libre apertura y evocación de las cosas del mundo. Sin embargo, el poeta se auto-sabotea al pensar que el mundo está más allá del lenguaje, que éste no puede representar por falta de contenido, se sabotea al mantener  la visión burguesa de su propia existencia, mejor dicho, la limitación en sus propios ojos y sus propias palabras.

Haz que te vea,
quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
Hazme saber
si acaso es mejor no despejar nunca la barriga de la tierra.

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